De Covadonga y el nacionalismo republicano

Faustino Zapico
Historiador y portavoz de Unidá Nacionalista Asturiana (UNA)

En: La Nueva España, 05/10/08

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Después de leer el artículo de don Gustavo Bueno titulado «Covadonga», el punto de partida de la «España española», publicado por este periódico el pasado 24 de agosto, en el que se hacen referencias a las presuntas tesis de «algunos nacionaliegos celtistas y republicanos», parece conveniente que desde los sectores políticos directamente aludidos por estas afirmaciones se hagan las necesarias aclaraciones.

No por viejo es menos usado el truco de atribuir al adversario ideológico afirmaciones que éste nunca hizo para así rebatirlo y ridiculizarlo con más comodidad. Aunque intelectualmente deshonesto, este método suele resultar muy útil a quien lo emplea siempre que el aludido de la callada por respuesta, cosa, por lo demás, fácil ya que el señor Bueno no especifica quiénes son esos nacionaliegos tergiversadores y dónde defienden las tesis que él les atribuye, por lo que es difícil saber exactamente a quién o a quiénes pretende rebatir.

Que se sepa, no hay producción historiográfica ni corriente política alguna que afirme la celticidad del Reino de los Astures, ni que reivindique desde una perspectiva nacionalista -asturiana- la condición de Principado que tiene Asturies desde el siglo XIV. Lo que sí hay desde hace bastantes años es una revisión de los planteamientos míticos del origen del reino astur, que además parecen confirmados por las excavaciones arqueológicas más recientes, como es el caso del yacimiento de La Carisa o del castillo de Gauzón. La tesis es sencilla: si la arqueología parece demostrar que en el siglo VI había estructuras defensivas astures parece razonable afirmar que en ese momento los visigodos aún no los habían sometido definitivamente. Y si eso era así, aceptar acríticamente la teoría del origen visigodo del reino astur con base en unas crónicas escritas doscientos años después de los acontecimientos resulta como mínimo difícil de justificar. ¿Es creíble que si en el año 718 los astures fueran un pueblo recientemente incorporado a la monarquía visigoda iba a ser precisamente el refugio de la aristocracia de un reino difunto? ¿Es serio suponer que los astures, derrumbado el poder de Toledo, iban a elegir como jefe a un refugiado representante de ese poder derrotado y no a uno de sus propios líderes? Por cierto, ¿qué visigodo era ese Pelayo, con un nombre grecorromano?.

Bien es cierto que la historia que cuentan las crónicas, con ese ejército de 180.000 sarracenos derrotados en las montañas de Covadonga por Pelayo y sus seguidores gracias a su valor y a la intercesión de la Virgen es mucho más sugerente que lo que todo parece indicar que sucedió en realidad, es decir, la insumisión fiscal de unos pueblos acostumbrados a pagar pocos o ningún impuesto a los visigodos y que, después de unos pocos años de sumisión formal a los nuevos amos de la Península, decidieron rebelarse después de elegir como jefe a uno de ellos; que ese pequeño núcleo de rebeldes astures derrotó a una expedición de castigo enviada por los musulmanes, que a consecuencia de ello decidieron abandonar lo que hoy es Asturies por no compensar el esfuerzo militar en someterla dada la escasez de recursos agropecuarios y minerales que tenía el país. ¿Para qué iban a comprometer hombres y dinero en una empresa en la que la victoria era tan ruinosa como la derrota? A consecuencia de eso, esas pequeñas comunidades en rebeldía acaban constituyendo un pequeño reino, del cual Pelayo no era rey sino princeps (principal, jefe, y no príncipe en el sentido que actualmente le damos en castellano) que con el pasar de los años prosperó y constituyó una entidad política realmente importante, llamada por cierto Reino de los Astures, y no de los visigodos ni de Spania, término por cierto que las propias crónicas asturianas usan para designar precisamente a lo que no pertenecía al reino astur. Los astures no habrían salvado así a Europa ni a Hispania de la invasión, sino sólo a sí mismos de continuar sometidos a los musulmanes. Objetivo modesto, aunque no por ello menos notable, viendo el contexto histórico del momento.

Esta tesis es cada vez más aceptada entre los historiadores, y no fueron desde luego pérfidos nacionaliegos asturianos los que la formularon. En realidad, el objetivo de la izquierda nacionalista asturiana no es el de decir lo que pasaba en lo que hoy es Asturies hace 1300 años, en afirmar si Pelayo era astur, visigodo, celta o cretense, sino el de plantear un proyecto político para la Asturies del siglo XXI, no del siglo VIII. Y ese proyecto nacional se basa en la idea de Asturies como comunidad política, que efectivamente existe desde hace siglos, pero en sí no da carta de legitimidad. El nacionalismo que defendemos es un nacionalismo republicano, que parte de la voluntad democrática del pueblo asturiano en constituirse en sujeto de soberanía, y pretendemos que eso sea así porque creemos que es la mejor forma para solucionar los graves problemas que padece hoy nuestra tierra, donde parece cernirse la sombra de una nueva crisis cuando todavía no nos habíamos enterado de que se había acabado la anterior. Y eso no es reaccionario. Lo reaccionario es justificar un discurso nacionalista español basado en lo que pasó hace 1.300 años. Pero si además lo que se dice que pasó no ocurrió en realidad, entonces, aparte de reaccionario, es ridículo.

Sobre las propuestas de la izquierda nacionalista podemos debatir, pero con argumentos reales, no ficticios. Resulta más honesto pararse a analizar las posiciones del adversario que inventarlas, porque de lo contrario no estaremos debatiendo con personas, sino con los «númenes misteriosos» que el señor Bueno nos atribuye en Covadonga.


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Aconceyamientu de Xuristes pol Asturianu