La desobediencia civil como medio para reclamar los derechos lingüísticos en Asturies
Francisco Fernández BueyAtrás PDF
Uno de los instrumentos muy poco usados hasta a fecha en Asturies como medio de
reclamar los derechos lingüísticos es la desobediencia civil de la población,
la ressitencia al poder que niega tales derechos cívicos como la oficialidad de
la lengua asturiana. Hasta la década de los sesenta del siglo XX la expresión
"desobediencia civil" se empleó poco y bastante esporádicamente en
el ámbito cultural europeo. Antes de esa fecha las personas que se consideraban
desobedientes, resistentes o insumisas frente a las leyes y los estados preferían
definirse como revolucionarias, como rebeldes o con otras palabras afines. La
recepción de las obras de Thoreau, Tolstoi y Gandhi, en las que aparece el
concepto de desobediencia civil, fue hasta entonces muy limitada en comparación
con la difusión de los escritos de otros autores que propugnaban el derecho a
la resistencia frente a las tiranías, la legitimidad de la liberación nacional
de los pueblos coloniales por la vía armada, la revolución social o incluso la
abolición de los estados.
Entre las excepciones a esa situación habría que indicar algunos textos que
mencionan la desobediencia civil, en el marco del pacifismo y del
antimilitarismo, durante los años de ascenso y consolidación del
nacional-socialismo. Hay, por ejemplo, algunas referencias explícitas al
concepto de desobediencia civil en las obras de dos de las personalidades más
notables del siglo: Einstein y Russell. Pero, como digo, estos ejemplos eran
raros en el marco de la filosofía política europeo-occidental. Sólo dejaron
de serlo cuando, a partir de los años sesenta, se extiende en los Estados
Unidos la lucha por los derechos civiles de los negros, animada por Martin
Luther King, y la protesta contra la guerra de Vietnam.
En esas circunstancias es comprensible que en nuestro ambiente cultural la
desobediencia civil se haya identificado durante algún tiempo con la objeción
de conciencia y haya sido entendida como una forma de protesta casi
exclusivamente moral, tal como indicó Hannah Arendt en un artículo célebre
dedicado al asunto. Pero ya Arendt estableció una diferenciación que conviene
no perder de vista: el objetor de conciencia sigue la moral del hombre bueno;
los movimientos de desobediencia civil, la moral del buen ciudadano.
El éxito que en estos últimos años ha alcanzado la expresión
"desobediencia civil" tiene mucho que ver con la generalización de la
conciencia del declive de las revoluciones en Occidente y con la percepción,
también generalizada, del fracaso de la mayoría de las sociedades surgidas de
los movimientos revolucionarios del siglo XX. Todavía en los años setenta,
cuando empiezan a cuajar los nuevos movimientos sociales alternativos
(feminismo, ecologismo y pacifismo), la expresión "desobediencia
civil" tenía una circulación limitada fuera de las vanguardias que, en
muchos países europeos, se alzaron contra el peligro de una nueva guerra
mundial librada con armas nucleares. Ha sido precisamente a través del
movimiento pacifista y antimilitarista, que alcanzó su punto de mayor
desarrollo en la década de los ochenta, como la expresión "desobediencia
civil" ganó adeptos en la opinión pública.
Por lo que hace a España, un ejemplo muy ilustrativo de esto que vengo diciendo
es la sorpresa (y hasta el escándalo) que produjo en los ambientes de la
izquierda revolucionaria la reflexión de Manuel Sacristán sobre el gandhismo.
En un debate que se produjo en Barcelona en 1977 con el filósofo alemán W.
Harich, Sacristán, que era entonces el pensador más reconocido de la izquierda
marxista y comunista en nuestro país, llamó la atención acerca de la
importancia de estudiar y comprender la estrategia gandhiana de desobediencia
civil tomando en consideración tres factores: la insuficiencia del punto de
vista leninista sobre las guerras en la época de las armas de destrucción
masiva, la derivación catastrófica de la dialéctica del "cuanto peor
mejor" y la conciencia de la crisis ecológica en ciernes derivada de la
cada vez más evidente conversión de las fuerzas productivas en fuerzas
destructivas, en fuerzas de destrucción de la naturaleza y de las especies que
en ella habitan (1). Tuvieron que pasar unos cuantos años para que empezara a
cuajar el diálogo entre la tradición marxista y la tradición gandhiana. Y
hablando con verdad sólo cuajó, mediada ya la década de los ochenta, en pequeños
núcleos que juntaban el pacifismo activo, el ecologismo social y la nueva
sensibilidad sobre lo privado y lo político aportada por el movimiento
feminista.
Pero desde que se hundió el "sistema socialista", se acabó la
bipolarización del mundo, se entró en una nueva fase imperial y se amplió el
número de democracias nominalmente representativas en los cinco continentes el
uso de la expresión "desobediencia civil" se ha generalizado en el ámbito
cultural euro-norteamericano. Basta un recorrido por Internet para comprobarlo.
Hoy se habla de desobediencia civil en relación con las actitudes de protesta
sociopolítica más diversas y en el marco de diferentes movimientos de
resistencia. La enumeración de los casos sería interminable. Pero aún sin
salir de Internet, y sin ninguna pretensión de exhaustividad, se pueden
mencionar unos cuantos ejemplos sólo para documentar la afirmación anterior.
Las protestas antinucleares en Alemania y el movimiento de los parados en
Francia se sitúan hoy bajo la advocación de la desobediencia civil. Se han
propuesto actos, movimientos o campañas de desobediencia civil en relación con
la causa del pueblo palestino en Oriente Medio y en relación con la causa de
los chicanos en el continente americano. Se ha propugnado la desobediencia civil
contra la presencia militar en tierras que fueron comunales, como en el caso de
Vieques (Puerto Rico). Se ha calificado de desobediencia civil las acciones del
movimiento de los campesinos sin tierra (MST) en Brasil o la resistencia
indigenista del FZLN en México y de otros grupos afines en Ecuador, Venezuela,
Bolivia, etc. Se califica de desobediencia civil al menos una parte de la
resistencia popular ante la crisis socioeconómica que vive Argentina. Pero
también propugnan la desobediencia civil algunos representantes de las capas
medias venezolanas que se oponen a la revolución bolivariana de Chávez o
varios de los grupos organizados que se oponen al socialismo de Castro en Cuba.
En la última reunión del Foro Social Mundial en Porto Alegre, Naomi Klein
defendió que la alternativa a la globalización neoliberal no es la
"sociedad civil", sino la desobediencia civil; y en el Foro Social de
Barcelona Arcadi Oliveres consideró que la desobediencia civil está llamada a
ser la estrategia del movimiento antiglobalización. En la manifestación contra
la guerra celebrada en Roma el 28 de septiembre de 2002 el dirigente de
Rifondazione Comunista, Fausto Bertinotti, llamó a la desobediencia para hacer
frente al proyecto bélico de Bush y Blair. Hace ya algún tiempo que el
Critical Art Ensemble viene teorizando también la desobediencia civil electrónica
(2). En Cataluña se propuso hace unos años una campaña de desobediencia civil
contra la Ley del Catalán promulgada por la Generalitat y, más recientemente,
en Euskadi se ha iniciado una campaña de desobediencia civil al Estado. Son
numerosos los grupos y organizaciones que han llamado durante los dos últimos años
a la desobediencia civil de la población contra la nueva Ley Orgánica de
Universidades, contra las restricciones legales a la regulación de las parejas
de hecho o contra las leyes de extranjería.
Leyendo los documentos de los principales movimientos sociales críticos y
alternativos de los últimos años la primera impresión que se saca es que, en
su lenguaje, la defensa de la desobediencia civil rebasa con mucho lo que ésta
connotaba, por ejemplo, en la descripción que de ella dio Martín Luther King.
En la célebre carta desde la cárcel de Birminghan, Luther King restringía la
desobediencia a las leyes y normas injustas, considerando tales aquellas que
entran en conflicto con la ley moral o que, en su aplicación, representan
segregación de derechos y trato desigual, pero aclaraba al mismo tiempo que
"bajo ningún concepto preconizo la desobediencia ni el desafío a la ley
(en general)" (3). En cambio, en el lenguaje actual de una parte de los
movimientos sociales críticos y alternativos la expresión se ha hecho tan
extensiva que connota, a veces sin distinción, prácticas, formas de
resistencia y reivindicaciones de carácter tan amplio que la desobediencia
acaba identificándose con ideas y concepciones que en otros tiempos no
demasiado lejanos se consideraban vinculadas a la rebelión, a la insumisión,
al derecho a la resistencia frente a las tiranías, a liberación nacional de
los pueblos, a la revolución social o incluso abolición de los estados.
El uso y abuso que hoy se hace de la expresión "desobediencia civil"
para describir o alentar cualquier actitud o movimiento de resistencia a la
autoridad y a las leyes plantea un primer problema al que no se suele aludir en
las exposiciones académicas, que, por cierto, son también muchas ya. Estas
exposiciones suelen ocuparse de la justificación moral, política y jurídica
de la desobediencia civil en polémica o en diálogo con una tradición jurídica
establecida que niega o limita tal justificación en el caso de estados democráticos
de derecho. Pero la mayoría de los estudios académicos parten de un contexto
histórico en el que los partidarios de la desobediencia civil frente a tal o
cual ley eran una minoría exigua, no de un contexto, como el actual, en el que
la defensa de la desobediencia civil, al menos como slogan, tiende a
generalizarse y, en ciertos casos, a connotar actitudes que antes se calificaban
de revolucionarias o rebeldes o se equiparaban al derecho de resistencia frente
a determinadas formas de tiranía.
El problema al que me estoy refiriendo se puede formular así: la primera
palabra de la expresión --desobediencia-- está intuitivamente clara para todos
o casi todos los que la escriben o la pronuncian, pero la segunda --civil-es
ambigua, polisémica. De esta ambigüedad acerca de lo que haya que entender por
"civil" se derivan muchas de las controversias sobre el fundamento y
la justificación de la desobediencia civil actualmente. Dos de los ejemplos
mencionados antes aclararán mejor lo que quiero decir: muchas personas
consideran moralmente reprobable, y más bien incivil, una campaña de
desobediencia contra la Ley del Catalán promulgada por el gobierno catalán (al
menos mientras la nación titular del Estado del que forma parte la Generalitat
de Catalunya siga favoreciendo el español) y otras tantas personas (entre
ellas, Fernando Savater) consideran moralmente reprobable que se llame
desobediencia civil a la campaña en curso en favor de la independencia de
Euskadi mientras quienes la propugnan acepten, por activa o por pasiva, "la
obediencia militar" a quienes cometen atentados terroristas (*).
Ya la consideración de equívocos como éstos acerca de la civilidad de la
desobediencia obliga a precisar más sobre la expresión. Eso es lo que haré en
la entrega siguiente.