Humillación universitaria

Adolfo Camilo Díaz
En: La Nueva España, 03/07/08

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Félix, en ajuste a su nombre, se habrá acostado satisfecho después de su heroica acción. Su propuesta «de supresión del asturiano en la lista de lenguas modernas» (eso dice este periódico) ha salido triunfante... En posteriores declaraciones dice, con claridad de «Barrio Sésamo», que «una cosa es la Filología Asturiana y otra la cooficialidad». Claro, Félix, claro. Éste esperpento alumbra dos noticias, una buena y otra mala. La buena es que los extraterrestres ya están entre nosotros, la mala es que no son inteligentes. Tras ese ideólogo que se ufana y se afana en diferenciar lo que confunde hay otros treinta y cuatro votantes secretos, presuntos enseñantes, que han mostrado «su disimulada satisfacción» ante ese resultado. ¡Enhorabuena!. Mi abuela Ignacia murió con 97 años, parió seis hijos, enterró a dos, trabajó toda su vida, era conservadora y sólo sabía hablar en asturiano. (Ese apunte sociológico sólo delimita el espectro ideológico en que se desenvolvía, pero no su lengua, claro). Félix y los treinta y cuatro secuaces alienígenas -etimológicamente tontos- mostraron su sorpresa, posiblemente atónitos, y ya se sabe -ellos lo sabrán: para eso son funcionarios de la enseñanza- que el «atonitus» latino derivó en el «tonto» actual, no conocían a Ignacia, que escribía con humilde dedicación monólogos en esa lengua que suprimen. ¿A qué esa satisfacción y, sobre todo, a qué el disimulo?. ¿De qué se ocultan?. ¿Son incapaces de esconderse de su propia gilipollez?, ¿de su pomposa ridiculez?. Roussoniano por naturaleza, intuyo que en la vocación de esos conspicuos adoradores de los pasatiempos de Valdés Salas no hay ánimo de joder a «mio güela» y al pueblo donde vivió. Tirando de ese condescendiente hilo, colijo que, en esa íntima y legítima, por más que disimulada, satisfacción no hay más que la resolución de algún conflicto interno, quizá los celos profesionales, un poco de envidia, alguna batallita académica trufada de mezquindad, alguna venganza personal que combina navajeo y abuso de los procedimientos administrativos. No tengo el gusto de conocer personalmente a Félix y a su cohorte de satisfechos «disimuladores», por más que un cansino librito sobre «las perífrasis verbales del español» me permita deducir que la brillantez y el rigor no son su fuerte. Y es que en mi fuero interno me los imagino como una treintena de carcamales, adoradores de Onán, todos ellos vestiditos con gabardinas que abrirán al paso de la «nacionaliega llingua» para enseñar sus cositas. Sin embargo, sí conozco a Ana Cano y a Ramón d´Andrés y a Miguel Ramos y a Cristina Valdés y a Aurelio González Ovies. A currículos objetibables unen bonhomía, inteligencia y coherencia. Ignoro si en esta performance de los cruzados de la Facultad de Filología domina la malicia o la estulticia (o «too xunto, gloria»), pero en estos momentos si pudiese apostatar de mis títulos académicos, lo haría. La disimulada satisfacción de esos 34 paletos insulta la memoria de «mio güela», sí. ¿Y por qué y para qué?. No sé quién les escribe los guiones. No sé a qué viene esta gratuita y cruel provocación. Ellos, que aparentemente huyen de politizar la Facultad, meten a la política en el aula a machetazos, con una torpeza rayana en lo obsceno. Y lo más hiriente es que después, en transfer diagnosticable, nos acusarán a quienes pedimos el reconocimiento de un elemental derecho cívico como es el de la oficialidad de la llingua de que somos nosotros quienes pretendemos «imponer». Y frente a esa «temible imposición» ejercitan la pedagogía de la supresión. ¡Enhorabuena!: Goebbels no lo hubiese hecho mejor. Me parto el culo de risa. ¡Jaja!.

Ahora, obviamente, como aplicado y sorprendido contribuyente, quedo a la espera de las reacciones del Alma Máter y de los partidos que nos representan. Sé que Izquierda Xunida, por coherencia, denunciará este atropello y que el PP, en ajuste a su penúltima caída del caballo, tratará de arreglar, en el marco de su competencia e influencia, este insulto, y que hasta el PSOE, a la medida de su darwiniana política sociolingüística, como máximo responsable, hará por desfacer este entuerto. Porque si no, si alguien de quienes velan por nuestra seguridad lingüística y cívica no cumple con su parte ante este atentado, que nadie se extrañe por las reacciones (ya se sabe: la newtoniana ley de Acción y Reacción) que se puedan producir y por el tipo de serpiente que se sigue alimentando. Porque ¿a quién le interesa este estado de humillación permanente?. Quid prodest. Y esto no llega ni a aviso para navegantes: como sorprendido, también atónito, también tonto, historiador, sólo levanto humilde acta.

Y es que durante demasiados años, en este absurdo vodevil, el uso de la fuerza y la gestión de la represión lingüística están en manos de una de las obsesivas partes, sólo de una. Y la pregunta, retórica por demás, se hace necesaria: ¿quién asumirá las consecuencias de tanta vejación?. ¿Alguien dejará de disimular su satisfacción y reconocerá su papel como dinamitero loco?. ¿Quién se frotará las manos cuando desaparezca el último hablante?, ¿las moscas?.

(Y Félix, satisfecho Félix, regodéate con los chistes de Jaimito, hazte una sesión de monólogos -de la Paramount, of course- con tus treinta y cuatro justicieros u organiza una guerra de tartas, pero deja de insultar a la Universidad).


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Aconceyamientu de Xuristes pol Asturianu