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Dos
acontecimientos lingüísticos de los que tenemos noticia en un mismo día. Uno,
el «manifiesto» que encabeza Savater alertando acerca del supuesto
arrinconamiento que sufre el castellano en determinadas autonomías. Dos, la
dimisión de Ana Cano del decanato de la Facultad de Filología de la
Universidad de Oviedo a resultas de la inesperada decisión que tomó la Junta
de la referida Facultad suprimiendo las enseñanzas regladas de asturiano en
nuestra alma mater. Cualquiera de los dos asuntos sería merecedor de un artículo.
Sin embargo, quizá no sea inapropiado que se aborden conjuntamente, teniendo en
cuenta el llamativo contraste que hay entre ambos.
En su momento, los espadones, para preservar a la patria de los terribles
peligros que corría, se dedicaron con ahínco a reprimir a todos aquellos que
consideraban malos españoles que, mire usted por dónde, pasaron a la Historia
muchos de ellos por enriquecer admirablemente la lengua castellana. Ahora lo que
algunos ven en peligro es ese mismo idioma que con tanto talento cultivaron
nuestros heterodoxos. ¡Qué paradójico!
Dicho esto, parece difícilmente discutible que todo el mundo puede y debe ser
atendido y entendido en castellano en cualquier Administración pública del
territorio español. Se trata de la coexistencia de dos idiomas, no de que uno
fagocite al otro. Y se trata de defender el bilingüismo que consagra la monárquica
Constitución de 1978. Distinta cosa es que la percepción que el manifiesto
declara no la comparta el conjunto de la ciudadanía implicada en el problema
que aquí se denuncia. Pero, en cualquier caso, están en su perfecto derecho de
elaborar un escrito en el que ponen de relieve que se garanticen unos derechos
ciudadanos.
A continuación, no puedo no preguntarme si el supuesto acoso que sufre el
castellano, por ejemplo en Cataluña, es ahora más intenso y asfixiante que el
que podría haber en los tiempos del aznarato, cuando don José María decía
hablar catalán en la intimidad. Tampoco olvido que durante el mandato de Aznar
el señor Vidal Quadras no corrió muy buena suerte en su partido cuando se
enfrentó a ciertos postulados políticos del nacionalismo catalán.
Y no me es posible, otrosí, no plantearme incógnitas acerca de la trayectoria
pública del señor Savater del que admiraré siempre su coraje contra el
terrorismo en el País Vasco, lo que no es óbice para que me resulte
incomprensible que a lo largo de los catorce años de felipismo hubiera sido tan
poco combativo en un período político en el que la vida pública fue un patio
de Monipodio y en el que el terrorismo de Estado fue sentenciado en los
tribunales de justicia. Hablamos de un catedrático de Ética.
También se defiende el idioma esforzándose por crear obras maestras. ¿Cómo
no estremecerse ante todos aquellos que tenían la palabra España en los labios
desde Unamuno y Machado hasta Blas de Otero? ¿Cómo no sentirse sobrecogidos al
recordar el trato que los redentores y patriotas les dispensaron en su momento?
¿Y cómo no lamentarse ante el hecho de que apenas existe curiosidad, fuera de
los territorios respectivos, en el resto del país por conocer esas lenguas y
esas literaturas que también forman parte de un país llamado España? ¿No es
acaso una asignatura pendiente de España el interés común por sus lenguas y
sus literaturas?
¿Y qué decir, frente a todo ello, de la supresión de los estudios que había
hasta ahora de llingua asturiana en nuestra Universidad? Más allá de los
entresijos de la vida universitaria en donde no siempre es lo académico el
principal asunto que se dirime, negar a la ciudadanía la posibilidad de
adquirir conocimientos sobre su lengua materna en la Universidad de su tierra es
algo tan inaudito como inquietante. ¿Alguien se ha parado a pensar, siquiera
por un momento, lo que podría suceder en otros territorios, si cualquiera de
sus respectivas universidades suprimiese la lengua autónoma como materia de
estudio?
¿Sería no pertinente preguntarse si en Asturias, en materia sociolingüística,
hemos llegado siquiera a la transición? Mientras se hace público el manifiesto
que encabeza el señor Savater, aquí, en esta tierra, acabamos con la casi
testimonial presencia que tenía hasta ahora nuestra lengua materna en los
estudios universitarios.
¿Abandonaremos algún día prejuicios rancios y nocivos? ¿Hasta cuándo habrá
que esperar para que la palabra España deje de ser innombrable para ciertos
nacionalismos cerrados y cerriles y también para una izquierda que, para colmo
de males, desconoce su propia historia? ¿Acaso se avergonzaron Machado y Blas
de Otero de tener a España en sus versos? ¿Hasta cuándo habrá que esperar
para que termine esa cerrazón tan celtibérica de despreciar con su ignorancia
lenguas y literaturas que, de momento, pertenecen a un país que se sigue
llamando España, y que aún existe, a pesar, entre otros, de sus sedicentes y
emergentes salvadores?
¿Hasta cuándo se seguirá volviendo la espalda por parte de unos y otros hacia
un bilingüismo que es potencialmente útil para abrir perspectivas y
expectativas?
¿Hasta cuándo y hasta dónde se prolongará en Asturias el odio hacia una
llingua que, guste o no, forma parte de nosotros mismos, como el prerrománico,
y cuya ruina nos delatará, al menos como responsables de una inconsciencia
colectiva difícilmente disculpable?
Ávidos, casi ayunos, de sensatez, ante una realidad lingüística que, por
distintas razones y con modos casi opuestos, convertimos en problema en Asturias
y en España.