Termitas africanas en Fruela, s/n
Xuan Xosé Sánchez VicenteAtrás PDF
PSOE y PP se han puesto de acuerdo para una nueva
redacción del artículo cuarto del Estatuto de autonomía, el referido a la
lengua asturiana. Dicha redacción empeora notablemente la situación actual y
es todo un proyecto de demolición. Veámoslo:
El primer párrafo del texto declara el asturiano, en sus diversas variantes
locales, «patrimonio lingüístico del Principado de Asturias» y «un valor
social de respeto». La proclama en sí no tiene significado ni valor jurídico
alguno. Por lo mismo, se lo podía haber calificado de «xilguerín parleru» u
otra cualquiera vacua pomposidad o nadería.
A primera vista, pues, parecería que estamos únicamente ante un trampantojo
para engañar incautos o ignorantes, pero la cuestión es más grave.
Efectivamente, el sintagma «patrimonio lingüístico» y la palabra «respeto»
no caen de los cielos, provienen directamente del artículo 3 de la Constitución,
que en el 3.1. confirma el castellano como lengua oficial del Estado, en el 3.2.
la oficialidad de las demás lenguas españolas en sus comunidades autónomas,
de acuerdo con sus estatutos, y en el 3.3. dice: «La riqueza de las distintas
modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto
de especial respeto y protección.».
Sobre lo que significa este apartado existen dos interpretaciones. Una,
absolutamente minoritaria -únicamente la he oído en Cataluña-, sostiene que
el texto es meramente redundante con el 3.2. La mayoritaria, y desde luego unánime
en Asturies y entre los desafectos con el asturiano, realiza una interpretación
sistemática del artículo tercero y, entiende, por ello, que el 3.3. está para
atender la tutela de lo que no son ni el castellano ni las demás lenguas. De
ese modo, la expresión de «patrimonio lingüístico» vendría a ofrecer una
especie de amparo para aquello que no son lenguas, sino otra cosa: dialectos,
jergas, «patois», etcétera (de ahí la insistencia del nuevo texto
estatutario en las variantes locales).
Como sé que estos muchachos del PSOE y del PP son listísimos (tengo tan poca
duda del grado excelso de esa virtud suya como la tengo de su escaso aprecio por
todo lo asturiano) es seguro que la redacción del texto es algo muy estudiado y
maliciosamente consciente.
Cotejemos. El texto inicial del Estatuto salió de Asturias en su artículo
cuarto (que se debió a mi propuesta e impulso cuando yo era diputado por el
PSOE) de esta manera: «El bable, como lengua específica de Asturias, gozará
de protección. Se promoverá su uso, su difusión en los medios de comunicación
y su enseñanza, respetando, en todo caso, las variantes locales y voluntariedad
en su aprendizaje». No observen sólo que la propuesta actual de PSOE y PP no
llega a aquella que en su día salió del Parlamento asturiano (con los votos
del PSOE). Fíjense, sobre todo, en que la expresión «como lengua específica
de Asturias» desapareció en Madrid en el trámite en las Cortes, por acuerdo
entre el PSOE y la derecha. Porque ahí, en la terminología -«lengua» frente
a «modalidades»-, y en una determinada interpretación del 3.3. está todo el
meollo del asunto.
Durante las negociaciones con el Gobierno de Marqués en la legislatura
1995-1999, el partido al que pertenezco, el PAS, impulsó la ley de Uso y
Promoción del Asturiano, una versión más elemental de la cual un Gobierno de
Pedro de Silva no había conseguido llevar adelante por la oposición de su
propio partido, el PSOE, y del PP. Pues bien, en esa ley, que se tramitó con la
frontal oposición de los socialistas y la reticencia obstaculizadora de una
buena parte del PP, introdujimos el término «lengua tradicional de Asturies»
para la doble denominación de bable/asturiano, como una forma de salvar
reticencias y buscar un encaje político y jurídico imposible de alcanzar más
que de ese modo. Pues bien, la propuesta del PSOE y PP elimina de hecho para el
asturiano el status de lengua objetivado en el citado sintagma, y vuelve a
remitir al 3.3. y su interpretación como tutela de rango ínfimo para lo que
podríamos llamar «curiosidades y pintoresquismos lingüísticos» («peculiaridades
lingüísticas» decía el texto inicial del actual Estatuto, antes de recibir
el impulso de mi modificación).
De ese modo, PSOE y PP vuelven a su histórica postura visceralmente
reaccionaria con respecto a la lengua asturiana, y el PP, de paso, borra la
mancha de aquel trágala que se vio obligado a digerir (y hasta es posible que,
retrospectivamente, ajuste cuentas emocionales con el señor Marqués).
Pero la cuestión es más grave todavía, y va aún más allá en su intención.
Efectivamente, el punto tercero de la propuesta de las hordas retrógradas
establece que las leyes futuras sobre el asturiano requerirán una mayoría de
dos tercios de los diputados «en una votación final sobre el conjunto del
texto». Dos partidos que nunca quisieron saber nada con el asturiano y que
acaban de dar un tan importante paso hacia atrás en la tutela de los derechos
lingüísticos de los ciudadanos, ¿lo hacen para mejorar su situación en el
futuro? De ninguna manera. Lo que urden ambos partidos, con complicidad plena,
es blindarse mutuamente contra las presiones que fuerzas minoritarias pudieran
realizar sobre una u otra formación política centralista, que fue el modo como
se pudo, después de casi dos décadas, sacar adelante la ley de Uso. Así de
claro. Así de grave.
Ni yo ni mi partido hemos esperado nunca que la cooficialidad pudiera venir de
la mano de dos fuerzas políticas tan reaccionarias, tan centralistas y
vendepatrias en esta y en algunas otras materias. Así lo hemos manifestado
siempre de forma reiterada, en esta legislatura y en las anteriores. Incluso lo
habíamos proclamado con claridad a los sectores sociales asturianistas cuando
negociamos la ley de Uso: «Esto es cuanto ahora y en el futuro podemos
conseguir (naturalmente, cualquier persona inteligente debería haber entendido:
mientras los asturianos sigan votando lo que votan), aprovechémoslo». Sólo
puedo creer que la cooficialidad era posible en la actual representación
popular quien quiso engañarse a sí mismo, por interés, por cobardía o por no
querer enfrentarse con sus propias contradicciones.
Pero, en verdad, nunca hubiésemos supuesto que se atreviesen a dar un paso atrás
de una magnitud semejante ni con tanto descaro. PSOE y PP se comportan como lo
que son en Asturies: al modo de esas termitas africanas que levantan
edificaciones cada vez más altas para ellas, magníficas sin duda y bien
provistas en su interior, pero a cuyo alrededor, para los demás, no dejan sino
arrasamiento y ruina. Y el PSOE, encima, ya saben, alardea de ser el campeón de
los derechos y las libertades.